Era un buitre negro, como el corazón de la mujer que se acercaba sonriente, encantadora, servicial, preocupada, con su mirada firme y brillante. Santiago estaba al alcance de su madriguera, vulnerable, absorto en sus propios pensamientos. No era un malentendido pasajero lo que lo perturbaba: traía consigo el peso de una situación compleja, de indecisiones e incertidumbre. Se sentía afectivamente desprotegido. Y ese detalle no pasó desapercibido para Zara Astrid. Ella, que ya lo tenía en la mira, lo intuyó con precisión, lo analizó con frialdad depredadora y, sin que él lo sospechara, comenzó su juego.
Tiempo después, Santiago recordaría aquel momento: Zara Astrid, fiel a sus instintos, se lanzó contra el orgullo herido. Su primer picotazo se sintió como un beso fantástico, un abrazo cálido, tierno, solidario. Había quedado hechizado. No imaginaba que esa mujer maravillosa, ese ángel, pronto sería el mayor tormento de su vida...
En la mesa VIP de aquel concurrido restaurante, Santiago, sus amigos y su familia, celebraban el estar juntos y las alegrías de la vida. Las luces cálidas y tenues proyectaban sombras suaves sobre los platos y sus aromas caribeños contrastaban con el frío de la capital mientras las órdenes e instrucciones de la cocina y el murmullo acompasado de conversaciones y risas creaban un ambiente de falsa serenidad.
En un momento sorpresivo, una airada protesta surgió contra Santiago por haber dicho algo que jamás dijo ni nadie pudo entender pues las voces de los comensales y empleados hacían difícil escuchar. En medio de la confusión todos los acompañantes se retiraron, solidarios con la hermana de Santiago. Instantes después, él estaba solo, desconcertado y abatido por aquella extraña situación.
De pronto, una voz suave, acariciante y tierna, que todavía martilla su cerebro, susurró: «Don Santiago, ¿puedo ayudarle en algo? ¿Quiere agua, o Kola Román, o le traigo su jugo preferido?».
Comenzaba el hechizo. Al mirarla, Santiago solo podía contemplar unos bellos ojos, una voz encantadora y una sonrisa acogedora, tierna, comprensiva.
—Kola, por favor —dijo, agradecido.
Santiago había quedado hechizado. No sospechaba que aquello era el comienzo de su peor pesadilla, ni que esa diosa, muy pronto, se convertiría en su verdugo.