El taller · 22 ago 2026
La perversión de las palabras
© Fernando Vergara B
El uso de ciertas palabras cobró fuerza para nombrar, aparentemente, la opresión, trazar objetivos y articular la resistencia; muy pronto, sin embargo, esas palabras pasaron a operar como lubricantes de la gestión corporativa y estatal. Términos como empoderamiento, bienestar, comunidades, participación o género se presentan como promesas de un orden social más justo. No obstante, tras su apariencia benévola, se esconde una realidad que contradice su significado original.
Este libro parte de un hecho constatable: el sistema económico actual no solo extrae valor de la fuerza de trabajo, sino que asimila y neutraliza el vocabulario de sus antagonistas. El capital toma los conceptos de los movimientos sociales, los despoja de su memoria conflictiva, los vacía de contenido transformador y los devuelve a la circulación pública como divisas de legitimación. Este fenómeno no constituye un mero desvío semántico ni un exceso de celo institucional; es un dispositivo de dominación lingüística que requiere ser desmontado.
Para comprender este mecanismo conviene recurrir a una herramienta teórica fundamental. Entre 1845 y 1846, Karl Marx y Friedrich Engels formularon en La ideología alemana una tesis que conserva toda su validez metodológica: «Las ideas de la clase dominante son, en cada época, las ideas dominantes». Esto no se debe a una conspiración secreta, sino a una condición estructural: aquellos que controlan los medios de producción material controlan, al mismo tiempo, los medios de producción intelectual. Cuando la base material cambia —o cuando el concepto se desvincula de ella— la palabra se pervierte.
Tomemos empoderamiento. Surgió en los movimientos populares del siglo pasado como una apelación a la toma colectiva del poder. Hoy, reconvertido por las escuelas de negocios, la psicología positiva, ciertos ámbitos religiosos y la industria de la autoayuda, se ha fragmentado en una exigencia de rendimiento individual, una cura del déficit de autoestima, una prueba de fe o un relato de superación personal. El sistema, además de reprimir a los sujetos concretos, los conmina a sentirse fuertes, sanados, «bendecidos» o «resilientes» para que funcionen mejor dentro del mismo engranaje. La palabra permanece, pero su función se ha invertido: de consigna emancipatoria ha pasado a ser una técnica de adaptación subjetiva.
Bienestar sigue una trayectoria similar. Originalmente aludía a un estado de salud integral —física, mental y social— que solo podía garantizarse mediante derechos universales y servicios públicos. Bajo las condiciones actuales de precarización laboral, privatización de los servicios de salud y desmantelamiento de los servicios públicos, el discurso oficial ha vaciado la palabra de su contenido colectivo y la ha reinscrito como una exigencia individual. El «bienestar» ya no se presenta como un derecho que el Estado debe garantizar, sino como una competencia personal que cada cual debe cultivar mediante programas de «atención plena», campañas de «prevención», aplicaciones de gestión emocional y consignas de optimismo. Así pervertida, la palabra funciona para despolitizar el sufrimiento social: el malestar ya no se atribuye a las jornadas extenuantes, al acoso patronal o a la incertidumbre económica, sino a una deficiente gestión psicológica personal. La inversión es total: la causa estructural se presenta como un fallo subjetivo. La responsabilidad es de la víctima.
Esta crítica —que no propone una «politización» mágica de la palabra, sino la transformación de las condiciones que le fueron arrancadas— coincide con la propuesta de los trabajadores colombianos, que, como plantea la exministra Carolina Corcho, luchan por una reforma al sistema sanitario que garantice el derecho colectivo a la salud bajo la rectoría del Estado.
Comunidad. Qué hermosa palabra, qué extraño destino. En su origen nombraba los vínculos vecinales y solidarios que no dependen del mercado, así como la potencia colectiva de quienes comparten una posición en la estructura social —es decir, la clase. Hoy, sin embargo, el término ha sido vaciado. Las instituciones y las marcas se apropian de él para fabricar comunidades de consumidores, de usuarios digitales o de ciudadanos que deben asumir funciones de las que el Estado se retira. Pero la perversión más sutil ocurre cuando los propios líderes sociales reemplazan la referencia a las clases y a la lucha de clases —casi como si fueran palabras malditas o prohibidas— para cooptar la palabra «comunidades». Este desplazamiento lingüístico no es inocente: sustituye el antagonismo estructural (propietarios contra desposeídos) por una identidad territorial, cultural o de intereses, despolitizando el conflicto. Una comunidad privada de la capacidad de decidir sobre sus condiciones materiales de existencia —y, sobre todo, desprovista del concepto de clase que nombra al adversario— deja de ser un sujeto político para convertirse en un mero tejido de asistencia mutua en la precariedad.
La domesticación del lenguaje encuentra un escenario ejemplar en el simulacro de la participación. Bajo el actual orden institucional y corporativo, se despliega una densa burocracia de consultas y veedurías que, en apariencia, convoca al pueblo a pronunciarse sobre proyectos de todo tipo. Sin embargo, este mecanismo opera mediante el asedio: se imponen plazos perentorios y se retiene o complejiza la información de manera deliberada, garantizando que las mayorías no dispongan del tiempo ni de las herramientas para un análisis real. Así, desprovista de sustancia, la consulta funciona como un visado democrático para planes que las élites económicas ya han diseñado y decidido de antemano. Se debate con vehemencia sobre presupuestos participativos insignificantes o se diligencian minuciosas encuestas de clima laboral, pero jamás se pone en cuestión la propiedad o el control del excedente. Esta modalidad de inclusión no altera las relaciones de poder, sino que las legitima mediante la fabricación de un consenso cosmético.
Es imperativo precisar que, si bien las luchas de los expropiados, de los explotados y de los trabajadores por arrancar mejoras inmediatas a sus condiciones de existencia son absolutamente justas y necesarias, el horizonte de este libro no se inscribe en la retórica de la redistribución. El capital ha demostrado una enorme capacidad para asimilar las demandas de equidad distributiva, convirtiéndolas en técnicas de asistencia y gestión de la miseria que dejan intacta la raíz del problema. Proponer una simple «redistribución» dentro de los márgenes del sistema actual es participar de su misma perversión semántica. No se trata de repartir mejor los frutos de la explotación, sino de subvertir las condiciones materiales que la hacen posible.
Esta misma estrategia de asimilación y despolitización se despliega con fría eficacia en el terreno del género y las demandas ligadas a la diversidad. Si bien los movimientos feministas y de liberación sexual han transformado profundamente las estructuras sociales al visibilizar violencias concretas, el discurso contemporáneo ha operado una mutación instrumental del término. La discusión contemporánea en torno a la diversidad del sexo y a la complejidad de sus manifestaciones —pertenecientes al ámbito de la biología y de la reproducción de la vida— ha quedado reducida con frecuencia a un dispositivo punitivo que desplaza la raíz de la opresión hacia formas de responsabilidad moral, colectiva o individual, basadas en la identidad. Con esta maniobra, el conflicto se desplaza del terreno socioeconómico al de la disputa cultural. Al capitalismo en general —y al de «rostro amable» en particular—, le resulta sumamente favorable patrocinar una fragmentación identitaria permanente que enfrente a los sujetos entre sí por razones de reconocimiento, pues así se desdibuja el conflicto de clases y se destruye la solidaridad entre los explotados. El uso de un léxico impecablemente «inclusivo» funciona aquí como cobertura retórica: se puede apelar a abstracciones culturales mientras se ejecutan despidos o se mantienen desigualdades salariales de fondo.
Señalar esto no significa ignorar la estructura de clases que vertebra el mundo del trabajo y sus formas concretas, sino exigir una coherencia material que no admite atajos moralistas. Una trabajadora precarizada y un alto directivo empresarial no comparten la misma posición en el proceso de producción, por más que el segundo reciba técnicamente un salario o adopte una retórica inclusiva. Mientras la primera vende su fuerza de trabajo y produce la plusvalía que le es expropiada, el directivo opera como un agente oficioso y pagado por el capital; su función objetiva consiste en administrar la explotación ajena. La invocación del género, desvinculada de estas relaciones de producción y convertida en un tribunal moral, funciona como una categoría administrativa que encubre la desigualdad de clase.
En definitiva, no hay revolución en los pronombres si se mantiene intacta la propiedad privada de los medios de producción.
Para comprender esta formidable maquinaria de inversión conceptual, es preciso retornar a la sugerente metáfora que Karl Marx y Friedrich Engels utilizaron en La ideología alemana: la cámara oscura. Así como este aparato óptico proyecta la imagen de los objetos invertida de cabeza, la ideología dominante opera invirtiendo la realidad material. Lo que es subordinación estructural se ofrece al sujeto como autonomía; la desposesión más absoluta se nombra como emprendimiento; la fragmentación identitaria se disfraza de comunidad, y el acatamiento formal de los planes del poder se celebra como participación popular.
La tarea de este libro no es la de un comité moral o académico que dicta el uso correcto de los vocablos, sino la de un analista que pone en evidencia la inversión de la imagen y muestra el anclaje de los conceptos en las relaciones de producción. No persigue la ilusión idealista de combatir las frases con otras frases, ni cae en la ingenua creencia de que transformando las palabras se transforma el mundo; la filología no hace revoluciones. Como demostró la crítica materialista en La ideología alemana, las ideas no se destruyen con argumentos, sino mediante el derrocamiento de las relaciones sociales que las producen. El examen de las trampas del vocabulario contemporáneo que aquí se presenta no busca, por tanto, reformar el lenguaje, sino prevenir su instrumentalización y evidenciar su carácter de síntoma: mostrar cómo el capital asimila y vacía los conceptos para neutralizar el conflicto y consolidar su hegemonía. Desmontar este aparato de captura y despojar al adversario de sus máscaras verbales, del fetichismo corporativo, de la fragmentación identitaria y del simulacro institucional no sustituye a la praxis política, pero es indispensable para que la contradicción material —el antagonismo real entre propietarios y desposeídos— quede a la vista, libre de distorsiones, y pueda ser combatida en su propio terreno.
Introducción al libro en preparación La perversión de las palabras, de Fernando Vergara B.